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Augustijn Blonde.

1 mayo, 2010

Con gran sorpersa ante la gran cantidad de espuma que genera al verterla en el vaso, he probado esta excelente cerveza belga, muy compleja, de tonos afrutados y de relativa pertistencia a sabores como cebada, pan y hongos, si, o a cueva,  muy sutil, aunque es una cerveza del tipo Ale, cuestión que se nota en la densidad del líquido en el paladar.

Con un elevado grado de alcohol y algo turbia, con algunas burbujas que denotan una gasificación media, podemos tomar una de las mejores cervezas, sin duda, de procedencia belga, de color dorado poco intenso y muy poco o nada cristalina.

Me ha encantado, ya digo, pese a la gran cantidad de espuma, que aunque es densa en principio, es desigual y sin embargo muy persistente en la copa.

El botellín es bastante común, achatado y reconcho, como una mayoría de cervezas belgas, con una etiqueta de fondo negro y un monje laborando en una tina en lo que pretende ser un fondo formado por una vidriera de una ventana gótica, se entiende… El tapón corona repruduce la imagen, que conecta con el concepto de abadía, cuestión ésta que se lee en la etiqueta como “Bière de Monastère Belge”  aunque no consta ningún tipo de certificación en la contraetiqueta como en el caso de las cervezas Grimbergen.

De esta si que he de comprar en el futuro pero para beber sóla y no con la comida ya que su alto grado de alcohol quizá la hace más cerveza de “copa” que de “vaso” que te deja algo adormecido.

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